Texto El Ensayo II - I

PARTE II

CAPÍTULO I

DEL TRUEQUE

2.1.1 En la parte I se hizo un intento para probar que el valor real de todas las cosas depende de la cantidad de tierra usada en su producción y el mantenimiento de aquellos que viven de ella. En esta parte segunda, después de resumir los diferentes grados de fertilidad de la tierra en varios países, y los diferentes clases de productos que pueden dar a luz con la mayor abundancia de acuerdo con su calidad intrínseca y suponiendo la creación de estas ciudades y sus mercados para facilitar la venta de estos productos, se mostrará mediante la comparación de los intercambios que pueden hacerse, vino por tela, cereales por zapatos, sombreros, etc, y por la dificultad con la que los transportes de los diferentes productos y mercancías, lo que supondría que era imposible fijar su valor intrínseco, se mostrará, repetimos, que el hombre tenía la necesidad absoluta de encontrar una sustancia fácilmente transportable, no perecedera y que tuviera en peso una proporción o valor igual a los diferentes productos y mercaderías, necesarias o convenientes. De allí surgió la elección del oro y la plata para los grandes negocios y del cobre para los pequeños intercambios.

2.1.2 Estos metales no sólo son duraderos y faciles de transportar, sino que además corresponden al empleo de una gran cantidad de tierra para su producción, lo que les da el valor real deseable para el intercambio.

2.1.3 El Sr. Locke, que como todos los escritores ingleses que escriben sobre este tema, ha mirado sólo a los precios de mercado, establece que el valor de todas las cosas es proporcional a su abundancia o escasez, y la abundancia o escasez de la plata por la que son intercambiadas. Es generalmente sabido que los precios de productos y mercancías han crecido en Europa después que una gran cantidad de plata ha sido traída desde las Indias Occidentales.

2.1.4 Pero yo considero que debemos suponer, como regla general, que los precios de mercado de las cosas deben ser proporcionales a su cantidad y a la cantidad de plata que realmente circula en un lugar, porque los productos y mercaderías enviados lejos para su venta no influencian en el precio de las cosas que quedan.




CAPÍTULO II

Texto El Ensayo I - XVII

PARTE I

Capítulo XVII

De los metales y el dinero, y especialmente del oro y de la plata.

1.17.1 Así como la tierra produce más o menos grano de acuerdo a su fertilidad y al trabajo que en ella se gasta, así también las minas de hierro, plomo, estaño, oro, plata, etc., producen más o menos cantidad de estos metales según la riqueza de las minas y la cantidad y calidad de trabajo que en ellas se invierte, sea para excavar la tierra, para drenar las aguas o para realizar labores de fundición, refinado, etc. El trabajo de las minas de plata es caro por razón de la mortalidad que causa, ya que los obreros apenas si resisten cinco o seis años en este trabajo.

1.17.2 El valor real o intrínseco de los metales, como el de cualquier cosa, proporcional a la tierra y al trabajo que entra en su producción. El gasto de la tierra para obtener esta producción es considerable sólo en la medida en que el propietario de la mina puede obtener de ella un beneficio mediante el trabajo de los mineros, cuando las vetas son estraordinariamente ricas. La tierra necesaria para el sustento de los mineros y de los trabajadores, esto es, para el pago del trabajo minero, es a menudo el renglón principal y la ruina del empresario.

1.17.3 El valor de los metales en el mercado, lo mismo que el de otras mercaderías o productos, unas veces está por encima y otras por debajo del valor intrínseco, y varía en proporción a su abundancia o escasez, de acuerdo a la demanda.

1.17.4 Si los propietarios de las tierras y los órdenes inferiores de una nación que los imitan, rechazan el uso del estaño y del cobre, en el erróneo supuesto de que son nocivos para la salud, y si todos hicieran uso de platos y utensilios de barro, dichos metales se cotizarían a precio vil bajo en los mercados, y el trabajo que antes se realizaba a extraerlos sería discontinuo. Pero como estos metales se consideran útiles y de ellos nos servimos en los usos de la vida, tendrán siempre en el mercado un valor correspondiente a su abundancia o a su rareza, y al consumo que de ellos hace; y así se continuará extrayéndolos de la mina para reemplazar la cantidad de dichos metales que en el uso diario se pierden.

1.17.5 El hierro no sólo es útil para los usos de la vida común; podría decirse, que, en cierto modo, es necesario, y si los americanos, que o se servían de él antes del descubrimiento de su Continente hubiesen descubierto las minas y conocido las aplicaciones de este metal, sin duda hubiesen trabajado en la producción del mismo, por costosa que hubiera sido.

1.17.6 El oro y la plata no solamente pueden servir para los mismos usos que el estaño y el cobre, además, para la mayor parte de los usos que se hacen del plomo y del hierro. Tienen todavía, sobre dichos metales, la ventaja de que el fuego no los consume, y son tan duraderos que pueden considerarse como substancias permanentes. No es extraño que, si los hombres han encontrado útiles los otros metales, valoraran el oro y la plata ya antes de utilizarlos en los cambios. Los romanos los valoraban desde la fundación de Roma y sin embargo sólo empezaron a usarlos como dinero 500 años después. Tal vez todas las demás naciones hicieron lo mismo y solo adoptaron estos metales para usos monetarios mucho tiempo después de haberse servido de ellos para otros fines. Sin embargo, según los historiadores más antiguos desde los tiempos inmemoriales, los pueblos se servían del oro y la plata para fines monetarios, en Egipto y en Asia, y sabemos por el Génesis que ya en tiempos de Abraham se acuñaban monedas de plata.

1.17.7 Supongamos ahora que la primera plata se encontró en una mina de monte Niphates, en la Mesopotamia. Es natural pensar que uno o varios propietarios de tierras, encontrado bello y útil ese metal, fueron los primeros en hacer uso de él, y alentó la voluntad del minero o del empresario para extraer más de la mina y dándole en pago por su trabajo y del de sus ayudantes, la cantidad de productos de la tierra que ellos necesitaban para su sustento. La plata se fue volviendo cada vez más valorada en Mesopotamia, y si los grandes propietarios compraban grandes jarras de plata, y las clases bajas, de acuerdo con sus medios y ahorros, podían comprar pequeñas copas de plata, y los empresarios de la mina, viendo una demanda constante para su producto, sin dudarlo le dieron un valor, proporcional a su calidad o a su peso contra todas las demás mercaderías o artículos que recibía en cambio. Mientras los habitantes consideraban ya este metal como un objeto precioso y duradero, y se esforzaban por poseer algunas piezas del mismo, el empresario, único que podía distribuirlo y estaba en condiciones de exigir en el intercambio una cantidad arbitraria de otros artículos y mercaderías.

1.17.8 Supongamos ahora que más allá del río Tigris, y, por consiguiente, fuera de Mesopotamia, una mina de plata fuese descubierta y cuyos filones resultaran ser incomparablemente más ricos y abundantes que las del Monte Niphates, y que el trabajo de esa nueva mina, que es más fácil de drenar, resultara menor que el de la primera.

1.17.9 El empresario de esa nueva mina se encontraría, naturalmente, en una posición para suministrar plata mucho más barata que la del Monte Niphates y los habitantes de Mesopotamia, deseosos de poseer piezas y objetos de plata, encontrarían más conveniente para ellos exportar sus mercaderías fuera del país, y entregarlas al empresario de la nueva mina a cambio de dicho metal, en vez de recurrir al empresario de antes. Este, encontrando una menor demanda, por necesidad reduciría sus precios; pero si el empresario nuevo, bajando su precio, obligase al antiguo a parar su producción, y entonces el precio de la plata, como el de las demás mercancías y artículos, se regularía necesariamente a base del que estableciera la mina nueva. Entonces la plata costaría menos a los habitantes de más allá del Tigris que a los de Mesopotamia, puesto que éstos estaban obligados a afrontar con los gastos de un largo transporte de sus artículos y mercaderías, para adquirir la plata.

1.17.10 Es fácil comprender que una vez descubiertas varias minas de plata, y una vez los propietarios de las tierras se hubiesen encaprichado de dicho metal, fueron imitados por otras clases, y que se buscaran las piezas o fragmentos de plata, aunque no estuviesen trabajados, porque nada más fácil que hacer con ellos los artículos deseados, en relación a su cantidad y peso. Como este metal era estimado, por lo menos, de acuerdo con el valor de coste, algunas gentes que lo poseían, encontrándose en apuros, podían constituirlo en prenda, para obtener, a cambio, las cosas de que tenían necesidad, y aun vender incluso dichas piezas de modo definitivo. De ahí vino la costumbre de regular el valor de las cosas en relación a la cantidad o peso de plata contra todos los demás artículos y mercaderías. Pero como la plata se puede combinar con el hierro, el plomo, el estaño, el cobre etc., que no son tan escasos y pero si más baratos de extarer, el intercambio de la plata fue objeto de numerosos fraudes, y esto hizo que diversos reinos establecieran Casas de Moneda para certificar, mediante una acuñación pública, la verdadera cantidad de plata que cada moneda contenía, y entregarlas a los individuos que, previamente habían llevado barras o lingotes de plata, la misma cantidad de piezas, estampilladas a modo de certificado de la verdadera cantidad de plata que contenían.

1.17.11 Los costes de estos certificados o acuñación se pagan unas veces por el público y otras por el príncipe ,—el método que se seguía en pasadas épocas en Roma, y hoy en Inglaterra; a veces los que llevan plata para su acuñación, soportan los gastos, como es costumbre en Francia.

1.17.12 La plata pura es difícil de encontrar en las minas. Los antiguos no conocían el arte de refinarla hasta el grado máximo de pureza. Solían fabricar sus monedas de plata con plata fina y sin embargo, las que nos quedan de griegos, romanos, judíos, y asiáticos nunca son perfectamente puras. Hoy en día tenemos mayores conocimientos técnicos, y conocemos el secreto de obtener plata completamente pura. Los diferentes métodos de refinarla no son parte de mi libro. Muchos autores han tratado el tema, entre otros Mr. Boizard. Sólo observaré que hace falta una buena cantidad de gastos para refinar la plata, y por ésta razón se prefiere una onza de plata pura a dos onzas de plata que contenga una mitad de cobre o de otra aleación. Es caro separar el extracto de la aleación mientras que mediante una simple fusión con el otro metal se puede alear éste con la plata en cualquier proporción deseada. Cuando, a veces, se alea el cobre con la plata pura, es para hacerla más maleable y adecuada para los objetos que se desee hacer con la plata. Pero en la valoración de la aleación metálica obtenida no se toma en cuenta para nada el valor del cobre u otro metal de aleación, y sólo se considera la cantidad de plata real y verdadera. Por esto se hace siempre un ensayo o contraste para conocer la cantidad de plata verdadera.

1.17.13 Ensayar no es más que refinar, por ejemplo, un trocito de la barra de plata objeto de nuestro ensayo, para averiguar qué cantidad contiene de plata verdadera, y juzgar toda la barra a base de ese fragmento. Se corta entonces un fragmento de la barra, de doce granos por ejemplo [NOTA DEL TRADUCTOR: 12 granos equivalen a 6.5 gramos aprox.], y se pesa exactamente en una balanza de tal precisión que basta la milésima parte de un grano para que se mueva la escala. A continuación se refina con aquafortis o utilizando el fuego y se separa el cobre de la aleación. Cuando tenemos ya la plata pura se la vuelve a pesar en la misma balanza, y si el peso resulta ser, entonces, de once granos, en lugar de doce que tenía, el ensayo nos dice que la barra es de once doceavos de pureza, es decir, que contiene once partes de plata, pura y una parte de cobre o aleación. Esto resultará más claro para quien se tenga la curiosidad de presenciar uno de estos ensayos. No hay nada misterioso en ello. El oro se analiza de la misma manera, con la única diferencia de que los grados de finura o pureza del oro se dividen en 24 partes, a las que se llama quilates, porque el oro es más precioso; estos quilates se dividen en 32 partes mientras que los grados de finura de la plata se dividen en doceavas partes llamadas deniers, y estos en 24 granos cada uno.

1.17.14 El uso ha conferido al oro y la plata el título de “valor intrínseco”, para significar la cantidad de oro y plata verdadera que la barra contiene. Sin embargo, en este ensayo me ha servido siempre del término “valor intrínseco” para significar la cantidad de tierra y de trabajo que entra en la producción de las cosas, porque no ha encontrado término más apropiado para expresar mi pensamiento. Menciono esto sólo para evitar malentendidos. Cuando no menciono el oro y la plata, el término "valor intrínseco" será siempre válido sin ningún tipo de confusión.

1.17.15 Hemos visto que los metales, tales como el oro, la plata, el hierro, etc., sirven para distintos propósitos, y tienen un valor real proporcionado a la cantidad de tierra y trabajo empleados en su producción. En la Segunda Parte de este Ensayo veremos cómo los hombres se han visto obligados a emplear una medida común para encontrar en sus tratos la proporción y valor de los productos y mercaderías que desean intercambiar. La única cuestión es que producto o mercadería es más adecuado para esta medida común, y si ha sido la necesidad más que la fantasía lo que ha dado preferencia al oro, a la plata y al cobre que son los que están en uso hoy para este propósito.

1.17.16 Los artículos corrientes, como los cereales, vinos carne, etc., tienen un valor real, y satisfacen ciertas necesidades de la vida, pero son bienes perecederos y aun incómodos para el transporte, y poco aptos, por consiguiente, para servir como medida común.

1.17.17 Mercaderías tales como las telas, ropa blanca, cueros, etc., son también perecederas, y no pueden subdividirse sin alterar en cierto modo su valor para los usos humanos. Como las materias primas cuestan mucho de transportar; ocasiona numerosos gastos para su conservación y por lo tanto, no son apropiados para servir de medida común.

1.17.18 Los diamantes y otras piedras preciosas, incluso si no tuvieron un valor intrínseco y fueron valorados sólo por la moda serían apropiados para una medida común sino fueran susceptibles de imitación y si pudiesen ser divididos sin pérdida alguna. Con estos defectos no puden servir como una medida común.

1.17.19 El hierro, siempre útil y bastante duradero, no dejaría de servir como medida, a falta de objetos mejores. El fuego lo consume, y es bastante voluminoso a causa de su abundancia. Fue utilizado como medida común después de Licurgo, hasta la guerra del Peloponeso: pero como su valor se basaba por necesidad en la proporción de tierra y trabajo que entraba en su producción, se necesitaba una gran cantidad para representar un pequeño valor. Es curioso que su calidad se echa a perder con vinagre, con lo que se convertía en inservible para los usos humanos, y solamente se utilizaba para el intercambio: por lo yanto, sólo podía servir a los austeros espartanos, y no podía seguir haciéndolo incluso tan prontose extendió sus comunicaciones con otros países. Para arruinar a los espartanos sólo se necesitó encontrar ricas minas de hierro, hacer monedas como las suyas y obtener con ellas productos y mercaderías mientras que ellos no podían obtener nada del extranjero por su hierro en mal estado. En aquel momento no les interesaba comerciar con el extranjero, y únicamente se ocupaban de la guerra.

1.17.20 El plomo y el estaño tienen los mismos inconvenientes que el hierro por el volumen, y son consumibles por el fuego, pero en caso de necesidad no harían mal papel en el intercambio, si el cobre no fuese mucho más adecuado y duradero.

1.17.21 El cobre sirvió de moneda a los romanos, en forma exclusiva , hasta el año de 484 de la fundación de Roma, y en Suecia todavía se utiliza, incluso para los pagos de importancia; sin embargo, es demasiado voluminoso para realizar pagos considerables, y los mismos suecos prefieren los pagos en oro y plata sobre el cobre.

1.17.22 En las colonias américanas se han utilizado como moneda tabaco, el azúcar y el cacao, pero estas mercancías son demasiado voluminosas, perecederas y de calidad desigual; son, por lo tanto, poco adecuadas para servir de monedas o de medida común del valor.

1.17.23 El oro y la plata son los únicos que ocupan un pequeño volumen, de calidad homogénea, fáciles de transportar, de subdividir sin merma, fáciles de conservar y proporcionan belleza, brillo y durabilidad, casi hasta la eternidad, a los objetos hechos de ellos. Todos los que han usado otros artículos como moneda vuelven a usar al oro y a la plata, en cuanto pueden obtener lo suficiente de estos dos metales para el intercambio. Sólo en las transacciones más pequeñas resultan inadecuados el oro y la plata. Para expresar el valor del liard [NOTA DEL TRADUCTOR: lizard era una moneda francesa de plata usada en la época y de poco valor, equivalente a la cuarta parte de un sol, usada desde el siglo XV hasta 1793], las piezas de oro e incluso de plata resultarían demasiado pequeñas para ser manejadas con facilidad. Se dice que en las transacciones menudas los chinos cortaban sus platos de plata con tijeras, en pequeñas tiras, fragmentos que luego pasaban con precisión. Pero desde que entablaron relaciones comerciales con Europa comenzaron a usar el cobre para tales ocasiones.

1.17.24 No es pues sorprendente que todas las naciones hayan llegado a usar el oro y la plata como dinero, constituyéndose en medida común del valor, y el cobre para los pagos pequeños. La utilidad y la necesidad les han inducido a ello, no la fantasía ni el consenso. La plata exige en su elaboración mucho trabajo y del caro. Los mineros de las minas de plata están muy bien pagados, ya que raramente viven más de 5 ó 6 años de este trabajo a causa de la alta mortalidad: así pues, una pequeña moneda de plata corresponde a tanta cantidad de tierra y de trabajo como una pieza mayor de cobre.

1.17.25 El dinero o la medida común de los valores debe corresponder de hecho y en la realidad ,en términos de tierra y de trabajo a los artículos que se reciben a cambio del dinero. De otro modo el dinero sólo tendría un valor imaginario. Si por ejemplo, un príncipe o una república dieran circulación legal, en sus dominios, a algo que no tuviese semejante valor real e intrínseco, no solo los demás Estados rechazarían aceptarlo conforme a ese patrón, sino que los propios habitantes del país rechazarían el dinero cuando se persuadieran de su carencia de valor real. Cuando, a fines de la primera guerra púnica, los romanos quisieron darle el as de cobre, que pesaba dos onzas, el mismo valor que antes tenía el as de un libra, o 12 onzas, no pudo mantenerse mucho tiempo. La historia de todos los tiempos nos muestra que, cuando los príncipes reducen el valor de su dinero, manteniendo el mismo valor nominal, todas las materias primas y los productos fabricados se encarecen en la misma proporción que la devaluación de la moneda.

1.17.26 Dice Locke que el consentimiento de la humanidad ha dado un valor al oro y a la plata. Esto no puede ponerse en duda, puesto que la necesidad absoluta no ha tomado parte en ello. Es el mismo consentimiento el que le ha dado y da todos los días un valor a los encajes, al lino, a las telas finas, al cobre y a otros metales. La humanidad podría subsistir sin todo esto, pero no podemos concluir de ello que todos estos artículos no tengan sino su valor imaginario. Poseen un valor proporcional a la tierra y al trabajo que entran en su producción. El oro y la plata, como las demás mercancías y materias primas, sólo pueden ser producidos al coste aproximado proporcional al valor que se les otorga; y cualesquiera cosas que los hombres produzcan mediante su trabajo, este trabajo debe procurarles lo suficiente para su subsistencia. Es el gran principio que oímos todos los días de las bocas de las clases humildes, que no toman parte de nuestras especulaciones, y que viven de su trabajo o de sus empresas. “Todo el mundo debe vivir.”



PARTE II

CAPÍTULO I


Texto El Ensayo I - XVI

PARTE I

Capítulo XVI

Cuanto más trabajo hay en un estado,

tanto más rico se le estima, naturalmente

1.16.1 En un cálculo que me costó mucho realizar y que reproduzco en el Suplemento muestro que el trabajo de veinticinco adultos es suficiente para proveer a otros cien adultos, todas las cosas necesarias para la vida, de acuerdo con el consumo que se hace en nuestra Europa. Es cierto en estos cálculos la alimentación, el vestido, la vivienda, son de tipo rústico, y bastante elemental pero proporcionan vida fácil y agradable. Se puede suponer que un tercio de la población de un Estado son demasiado jóvenes o demasiado viejos para el trabajo cotidiano, y una sexta parte está compuesta de propietarios de tierras, enfermos y diferentes clases de empresarios que no contribuyen con su trabajo manual a las diferentes necesidades de la humanidad. Todo esto implica que la mitad de los habitantes no trabajan o, por lo menos, o al menos sin el trabajo de que estamos tratando. Así si veinticinco personas hacen todo el trabajo necesario para sustentar a otras cien, existirán veinticinco personas de las cien, que se hallan en condiciones de trabajar, pero que no hacen nada.

1.16.2 Los soldados y los sirvientes domésticos de las familias acomodadas, formarán parte de esas veinticinco personas; si se utilizan las restantes para perfeccionar, mediante un trabajo adicional, las cosas necesarias para la vida, como por ejemplo, haciendo ropa fina, telas finas, etc., el Estado podrá considerarse rico en proporción a ese aumento de trabajo, aunque no hayan añadido nada a las cosas necesarias para la subsistencia y mantenimiento de los hombres.

1.16.3 El trabajo proporciona una satisfacción adicional en lo referente al alimento y a la bebida. Un tenedor, un cuchillo finamente trabajados son más apreciados que los que se confeccionaron toscamente y a toda prisa. Lo mismo puede decirse de una casa, de una cama, de una mesa y de todo lo necesario para las comodidades de la vida.

1.16.4 Es cierto que hay muy poca diferencia en un estado que se acostumbre a vestir con paños burdos o con telas finas, si ambos tienen la misma duración, y que se coma delicadamente o en forma tosca, con tal de que se tenga alimento suficiente y que la salud sea buena o que la bebida, comida, ropa, etc., sean de buena o mala calidad, puesto que en suma nada queda en el estado de este tipo de riquezas.

1.16.5 Pero siempre es decir que aquellos Estados cuyos habitantes se visten con telas finas o lino fino, cuya alimentación es más esquisita y delicada, son más ricos y estimados que aquellos otros donde estas cosas son más toscas y rudas, y que los Estados donde se ve más habitantes que viven al estilo de los primeros, son más estimados que aquellos otros donde, en proporción, se ven menos.

1.16.6 Pero si las 25 personas en un centenar de las cuales hemos hablado fueran empleadas producir cosas permanentes, como por ejemplo, en extraer de las minas hierro, plomo, estaño, cobre, etc., y en emplearlos para confeccionar utensilios e instrumentos para la comodidad de los hombres, vasijas, vajilla, y otras cosas útiles, más duraderas que las que se confeccionan con barro, el Estado no sólo parecerá más rico sino que lo será realmente. Lo será especialmente si se emplea a estas personas en extraer de la tierra, oro y plata, metales que no sólo son duraderos, sino, por decirlo así, permanentes, que no se consumen por el fuego, que se aceptan de modo general como medida de valor y pueden cambiarse en todo momento por cosas necesarias para la vida. Y si estos habitantes trabajan en extraer oro y plata para el estado a cambio de los artículos y mercaderías que ellos confeccionan y envían a los países extranjeros, su trabajo será igualmente útil, y mejorará el Estado.

1.16.7 El punto que parece determinar la grandeza relativa de los Estados es el stock de reserva por encima del consumo anual, y los almacenes de telas, de ropa blanca, de trigo, etc., para servir en los años malos y en caso de guerra. Y como el oro y la plata siempren pueden comprar todo eso, incluso de los enemigos del Estado, el verdadero stock de un país consiste en el oro y en la plata, y la mayor o menor cantidad de dicho stock determina necesariamente la grandeza relativa de los Reinos y de los Estados.

1.16.8 Si es costumbre traer oro y plata del extranjero exportando artículos y productos del estado, como trigo, vinos, lanas. etc., ello enriquecerá al Estado a expensas de la disminución del número de habitantes; pero si el oro y la plata se obtienen del extranjero a cambio del trabajo de los habitantes, así como de las manufacturas y artículos donde interviene pequeña cantidad de productos de la propia tierra, esto engrandecerá al Estado en forma útil y sustancial. En un país grande las 25 personas de cada cien de que hemos hablado, no pueden ser empleadas en realizar productos para el consumo extranjero. Un millón de hombres fabricarán más telas, por ejemplo, que las que serán consumidas anualmente en todo el mundo mercantil, porque el mayor número de personas de cada país se visten siempre con telas toscas, fabricadas en el mismo, y rara vez se encuentra en una nación más de 100.000 personas empleadas en vestir a los extranjeros. Esto se muestra en el Suplemento con respecto a Inglaterra, que es de todas las naciones de Europa, la que más suministra telas a los extranjeros.

1.16.9 A fin de que el consumo de manufacturas de un Estado llegue a ser considerable en el extranjero, estas manufacturas deben ser buenas y valiosas mediante un gran consumo en el interior del propio país. Es necesario desalentar a los fabricantes extranjeros y dar mucho trabajo a los habitantes propios.

1.16.10 Si no se empleo suficiente para las veinticinco personas de cada cien en cosas útiles y ventajosas al Estado, yo no encuentro ninguna objeción en que se estimule el tipo de trabajo que sólo sirve para adorno y diversión. El país no se considera menos rico por las mil fruslerías que sirven para entretener a las damas, o incluso a los hombres, que son usadas en juegos y diversiones, y por las mercaderías que son útiles y cómodas. Durante el sitio de Corinto se dice que Diógenes se puso a hacer rodar un tonel, para no parecer ocioso mientras los demás trabajaban. En la actualidad tenemos Sociedades, tanto de hombres como mujeres, ocupados en ejercicios y trabajos tan útiles para el Estado como el de Diógenes. Por poco trabajo que un hombre realice y que contribuya al ornato y aun a la diversión en un Estado, vale la pena estimularlo, a menos que dicho individuo no encuentre otro medio de ocuparse útilmente.

1.16.11 La inspiración de los propietarios de las tierras es lo que estimula o desalienta las diferentes ocupaciones de los habitantes y los diferentes géneros de trabajo que los primeros inventan.

1.16.12 El ejemplo del Príncipe, seguido por su Corte, puede determinar, por lo común, las aficiones y gustos de los propietarios de tierras, del mismo modo que el ejemplo de éstos influye naturalmente sobre todas las clases subalternas. Así, no es dudoso comprender que un príncipe puede, por el solo ejemplo, y sin traba alguna, imprimir el giro que más le plazca al trabajo de sus súbditos.

1.16.13 Si todos los propietarios de un país no tuviesen más que una pequeña porción de tierra, semejante a la que por lo común se destina al trabajo de un solo colono, apenas existirían ciudades. Los habitantes serían más numerosos y el país más rico si cada uno de estos propietarios ocupara en trabajos útiles a los habitantes que en su tierras encuentran el sustento.

1.16.14 Pero cuando los señores poseen grandes posesiones de tierra, necesariamente traen consigo el lujo y el ocio. Que un abad, a la cabeza de 50 monjes, viva del producto de varias haciendas hermosas, o un señor, con 50 criados, y caballos mantenidos para su servicio, viva de sus propiedades, sería indiferente al Estado si pudiese permanecer en constante paz.

1.16.15 Pero un noble con su séquito y sus caballos es útil al Estado en tiempo de guerra; puede ser también útil para la magistratura y para el mantenimiento del orden del Estado, en tiempo de paz, y, en todos los casos, es un gran ornato para el país, mientras que los monjes, como se dice, no son útiles ni ornamentales, en paz ni en guerra, salvo en el cielo.

1.16.16 Los conventos de frailes mendicantes son mucho más perniciosos para el país que los de las órdenes cerradas. Los últimos no hacen otra daño sino ocupar haciendas que podrían servir para proporcionar al Estado militares y magistrados, mientras que lo mendicantes, que no realizan ningún trabajo útil, a menudo interrumpen y perturban el trabajo de otras personas. Obtienen de los pobres limosnas que los harían más vigorosos en su trabajo. Les hacen perder mucho tiempo en conversaciones inútiles, sin contar con las intrigas que llevan a las familias, y muchos de ellos son gente viciosa. La experiencia nos demuestra que los Estados que ha adoptado el protestantismo y no tienen ni monjes ni mendigos, se han convertido visiblemente en los más poderosos. Disfrutan también de la ventaja de haber suprimido un gran número de fiestas en las que el trabajo se interrumpe en los países católicos romanos, donde la laboriosidad de los habitantes disminuye alrededor de una octava parte del año. 1.16.17 Si deseáramos obtener ventaja de todo en una nación, sería posible, según parece, disminuir el número de mendigos incorporándolos al estamento de los monjes, a medida que fuera ocurriendo vacantes o defunciones, sin prohibir estos retiros a quienes no pudieran dar muestras de aptitudes para las ciencias especulativas, o fuesen capaces de hacer avanzar las artes prácticas, por ejemplo, en algunos aspectos de las matemáticas. El celibato de las gentes de iglesia no es tan desventajoso como popularmente se piensa, según se ha establecido en el capítulo anterior, pero su ociosidad es muy perjudicial.



CAPÍTULO XVII

Texto El Ensayo I - XV

PARTE I

Capítulo XV

El aumento y el descenso en el número de habitantes de un estado dependen principalmente de la voluntad, de los modas y de los modos de vivir de los terratenientes.

1.15.1 La experiencia nos muestra que se puedan multiplicar los árboles, plantas y otros vegetales hasta donde lo permita la extensión de tierra que se destine a sustentarlos.

1.15.2 La misma experiencia nos demuestra todos los animales de la creación se multiplican hasta el número que la tierra destinada a ellos puede soportar. Los caballos, vacas, ovejas se multiplicarán hasta el número que la tierra pueda soportar. Los campos que sirven para este apoyo pueden ser mejorados por el riego como en Milán. El heno puede ser guardado y el ganado alimentado con él en los cobertizos y con ello se puede criar un mayor número que si fueran dejados pastar en las praderas. Las ovejas pueden ser alimentadas con nabos, como en Inglaterra, con lo que un acre de tierra puede alimentar a un mayor número de cabezas que si estuviese sembrado de pastos. En una palabra, podríamos multiplicar todo género de animales, hasta la cifra deseada, incluso hasta el infinito, si se dispusiera, hasta el infinito también, de tierras adecuadas para nutrirlos, y la multiplicación de los animales no tiene otros límites más que la mayor o la menor cantidad de medios asignados a su subsistencia. No se tiene que dudar que si todas las tierras se destinaran al mero sustento del hombre, la humanidad se multiplicaría hasta la cifra que esas tierras podrían soportar, en la manera que explicaremos.

1.15.3 No hay país donde la población sea llevada a tan gran número que en China. Las gentes pobres son alimentadas sólo de arroz y agua de arroz; trabajan casi desnudas, y en las provincias del sur recolectan tres abundantes cosecha de arroz cada año, gracias a la gran atención que dedican a la agricultura. La tierra nunca está en barbecho y rinde el cien por cien cada año. Los que se visten lo hacen generalmente con vestidos de algodón, que necesita tan poca tierra para crecer, que un acre posiblemente puede producir la cantidad de algodón suficiente para vestir cinco personas adultas. Los chinos, por los principios de su religión están obligados a casarse, y crían tantos hijos como los medios de su subsistencia pueden soportar. Consideran como un crimen poner las tierras en barbecho, el empleo de las tierras para parques o jardines de placer, defraudando al público para su mantenimiento. Llevan a los viajeros en sillas de manos, y destinan el trabajo de los caballos para los trabajos que no puede ser realizados por el hombre. Según los relatos de viajes, su número es increíble pero sin embargo, se ven obligados a destruir a muchos de sus hijos en la misma cuna, cuando se dan cuenta de que no ven el modo de criarlos, conservando sólo el número de los que pueden alimentar. Mediante un trabajo duro e incansable extraen de los ríos una extraordinaria cantidad de pescado, y de la tierra todo cuanto se puede obtener de ella.

1.15.4 Sin embargo cuando llegan años estériles mueren de hambre por millares, a pesar del cuidado del Emperador, que almacena arroz en grandes cantidades para semejantes trances. Numeroso como es el pueblo de China, necesariamente guarda proporción con los medios de subsistencia, y no rebasan la cifra de los que el país puede sustentar, según el género de vid que les es propio; y un solo acre de tierra basta para alimentar a varios de ellos.

1.15.5 De otro lado no hay país donde la multiplicación de las gentes sea más limitada que entre lo salvajes del interior de América. Ignoran la agricultura, viven en los bosques y de las bestias salvajes que allí encuentran. Como los bosques consumen la fertilidad y sustancia de la tierra, hay poco hierba para alimentar a esos animales; y como cada indio consume varios al año, cincuenta a cien acres, no dan alimento bastante para un solo indio.

1.15.6 Uno de estos pequeños poblados de indios suele disponer de unos cuarenta leguas cuadradas [NOTA DEL TRADUCTOR: una legua es aprox. 5 kms, una legua cuadrada alrededor de 25 km2; 4o leguas serían aprox. 1.000 km2, aprox. un cuadrado de 32 kms de lado] como coto de caza. Sus habitantes se enzarzan en guerras crueles por cuestiónes del límites, y siempren mantienen su número en proporcion a los medios que encuentran de subsistir a base de la caza.

1.15.7 Los europeos cultivan la tierra y producen cereales para su subsistencia. La lana de sus carneros les permite vestirse. El trigo es el grano de que se alimenta la mayor parte de sus gentes, aunque muchos aldeanos hacen su pan de centeno, y en el Norte, de cebada y de avena. La cantidad de alimento de los aldeanos y del resto del pueblo no es la misma en todos los lugares de Europa, pues las tierras son a menudo diferentes en cuanto a excelencia y fertilidad.

1.15.8 La mayoría de las tierras de Flandes y una parte de las de Lombardía rinden de dieciocho a veinte veces la cantidad sembrada sin hacer barbecho; el campo de Nápoles ronde todavía más. Hay algunas propiedades en Francia, en España, en Inglaterra y en Alemania que cosechan cantidades semejantes. Cicerón nos informa que las tierras de Sicilia producían en sus días diez por uno, y Plinio el Viejo afirma que las tierras leontinas de Sicilia daban cien veces la semilla, las de Babilonia hasta ciento cincuenta, y algunas tierras de Africa todavía más.

1.15.9 Hoy las tierras de Europa rinde un promedio de seis veces la semilla; de tal manera que queda un saldo de cinco veces la semilla para el consumo de los habitantes. Las tierras descansan ordinariamente el tercer año, produciendo trigo candeal durante el primero, y sarraceno en el segundo.

1.15.10 En el Suplementeo hemos calculado la tierra necesaria para la subsistencia de un hombre, en los diferentes supuestos de su modo de vivir. Mediante esos datos comprobamos que un hombre que vive con pan, ajo y tubérculos, que va vestido de cañamo, en ropa interior muy burda, se calza con zuecos y no bebe más que agua, como es el caso de muchos aldeanos en las regiones meridionales de Francia, puede subsistir a base del producto de un acre y medio de tierra de calidad mediana, que rinde seis veces la semilla y descansa una vez cada tres años. De otro lado, un hombre adulto, calzado con zapatos de cuero y medias, que lleva vestido de lana, vive en una casa y muda su ropa interior, posee lecho, sillas una mesa y otras cosas necesarias, que bebe moderadamente cerveza o vino y come todos los días carne, manteca, queso, pan, legumbres, etc. todo ello en cantidad suficiente pero moderada, puede procurarse todo esto con el producto de cuatro a cinco acres de tierra de mediana calidad. Es cierto que en estos cálculos no se reserva ninguna tierra para el mantenimiento de las caballerías, sólo se trata de las necesidades para labrar la tierra o para el transporte de los productos alimenticios a diez millas de distancia

1.15.11 La Historia registra que cada uno de los primeros romanos mantenía su familia con el producto de dos jornales de tierra, equivalentes a un acre de París, o sean trescientos treinta pies cuadrados, poco más o menos [NOTA DEL TRADUCTOR: 1 pie equivale a 0.9144 m2; 330 pies cuadrados son 302 m2]. Iban, también, casi desnudos; no consumían vino ni aceite, dormían sobre paja y apenas disfrutaban de comodidades; pero como trabajaban mucho la tierra, que es bastante buena en los alrededores de Roma, cosechan gran cantidad de granos y legumbres.

1.15.12 Si los propietarios de tierra estimularan el aumento de población y se estimulara a los campesinos a casarse jóvenes, y a tener hijos, prometiéndoles proveer a su subsistencia, destinando las tierras solamente a esto, sin duda se multiplicarían hasta el número que las tierras pudiesen soportar, de acuerdo con los productos de la tierra necesaria a la subsistencia de cada uno, ya sea un acre y medio, o cuatro a cinco acres por persona.

1.15.13 Pero si en vez de esto, el príncipe o los propietarios de las tierras las emplean para otros usos distintos que el sustento de los habitantes; si, teniendo en cuenta el precio ofrecido en el mercado por los productos alimenticios y mercaderías, los labriegos propenden a destinar la tierra a otros usos distintos de los del sustento de sus semejantes (porque hemos visto que el precio que los propietarios ofrecen en el mercado, y el consumo que hacen, determinan el empleo que se da a las tierras, del mismo modo que si ellos mismos las explotaran), el número de habitantes disminuirá necesariamente. Algunos, por falta de empleo, se verán obligados a abandonar el país; otros careciendo de los medios necesarios para criar a sus hijos, no se casarán nunca, y sólo lo harán en época tardía, después de haber ahorrado algo para sostener su hogar.

1.15.14 Si los propietarios de las tierras que viven en el campo se mudan a ciudades alejadas de sus tierras, será necesario criar caballos para transportar a la ciudad sus medio de subsistencia, y los de los sirvientes domésticos, artesanos y otros, atraídos a la ciudad por los señores que en ella residen.

1.15.15 El transporte de los vinos de Borgoña a París cuesta, a menudo, más que el vino en la Borgoña; y a consecuencia de ello, las tierras empleadas para el sustento de las caballerías empleadas en el transporte y de aquellos que cuidan de ellos, superan en extensión a las tierras que producen vino, y las tierras que mantienen a quienes participan en su producción. Cuantos más caballos se crían en un Estado, menos comida quedará disponibles para el pueblo. El mantenimiento de los caballos de carroza, de caza o de carga, exige a menudo tres o cuatro acres de tierra, por animal.

1.15.16 Pero cuando los señores y los propietarios de tierras adquieren en el extranjero sus lienzos, sedas y encajes, y para pagarlos envían al exterior productos naturales de su propio país, disminuyen con ello extraordinariamente las posibilidades de subsistencia de sus compatriotas, y aumentan las de las extranjeros, que muchas veces se convierten en enemigos del propio Estado.

1.15.17 Si un propietario o noble polaco, a quien sus colonos pagan anualmente un Renta aproximadamente de un tercio del producto de su tierra, le place usar telas, lienzos, etc., de los Países Bajos, quizás pagará por estas mercancías la mitad de su Renta, y empleará la otra mitad para la subsistencia de su familia en otros artículos y mercaderías toscas, producidas en Polonia: en nuestro supuesto, la mitad de su Renta, corresponde a las sexta parte del producto de sus tierras, y esta sexta parte será llevada a Holanda, a quienes los colonos polacos la entregarán en forma de trigo, lana, cañamo y otros artículos. He aquí pues una sexta parte de la tierra en Polonia retirada de su pueblo, ello sin contar con la comida para los caballos de coches, carrozas y carga, que se crían en Polonia, para atender el régimen de vida propio de los señores. Además, si sobre los dos tercios del producto de las tierras que manejan directamente los colonos, imitando a sus amos, consumen manufacturas extranjeras, y saldan su importe, al exterior, en materias primas de Polonia, habrá un buen tercio del producto de las tierras polacas sustraídas a la subsistencia de los habitantes, y, lo que es peor, la mayor parte de ese producto se enviará al extranjero, procurando, a menudo, sustento a los enemigos del estado. Si los propietarios de las tierras y los señores de Polonia se avinieran a consumir en un principio manufacturas de su propio país, por deficientes que fueran, poco a poco harían mejorar su calidad, y ocuparían en su producción un mayor número de sus conciudadanos, en lugar de dar esta ventaja a los extranjeros: y si todos los países mostraron un parecido empeño en no dejarse engañar por los demás en el comercio, cada estado adquiriría importancia en proporción a sus productos y a la laboriosidad de sus habitantes.

1.15.18 Si a las damas de París les place llevar encajes de Bruselas, y si Francia paga dichos encajes con vino de Champagne, hará falta pagar el producto de un solo acre, destinado al cultivo de lino, con el producto de más de 16,000 acres de viñedo, si mis cálculos son exactos. Explicaremos esto con más detalle en otro lugar y los cálculos podremos verlos en el Suplemento. Por ahora me limitaré a observar que en este tipo de comercio se sustrae una gran parte del producto de la tierra a la subsistencia de los franceses, y que todos los artículos enviados a países extranjeros, a menos que una cantidad equivalente del producto sea recibida de vuelta, tienden a disminuir el número de habitantes del Estado.

1.15.19 Cuando dije que los propietarios de tierras podrían multiplicar los habitantes hasta el número de los que dichas tierras pueden mantener, supongo que la mayor parte de los hombres no desean nada mejor que casarse, si están en posición de mantener sus familias en el mismo estilo de vida en que ellos mismos estaban ellos contentos, es decir que si un hombre se contenta con el producto de un acre y medio de tierra, contraerá matrimonio siempre que esté seguro de tener lo bastante para mantener a su familia del mismo modo; pero si aspira a vivir del producto de cinco a diez acres, no se apresurará a casarse, a menos que no piense sostener a su familia en un nivel más bajo.

1.15.20 En Europa, los hijos de la nobleza se educan en la abundancia, y como se da ordinariamente la mayor parte del patrimonio a los primogénitos, los hijos varones más jóvenes no tienen prisa por casarse. Usualmente viven solteros, ya sea en el ejército o en los claustros, pero raramente rechazarán el matrimonio si les ofrecen ricas herederas, o los medios de mantener una familia en igualdad de condiciones que han conocido, y sin el cual correrían el peligro de hacer a sus hijos desgraciados.

1.15.21 También en las clases inferiores del Estado encontramos hombres quienes, por orgullo o por razones semejantes a las de la nobleza, prefieran vivir en celibato y gastar en sí mismos lo poco que tienen antes que establecerse en la vida familiar. Sin embargo, la mayor parte de estas gentes crearían muy a gusto un hogar, si pudiesen contar con mantenerla como desearían: se considerarían a si mismos como cometiendo una injusticia si los llevaran a caer en una clase inferior a la suya. No hay sino un reducido número de habitantes en un Estado que evitan el matrimonio por frivolidad; todos los de los órdenes inferiores desean vivir y criar hijos que puedan por lo menos vivir como ellos. Cuando los trabajadores y artesanos no se casan, es porque esperan ahorrar algo establecer una casa, o de encontrar alguna muchacha que aporte un pequeño capital ya que vemos a otros como ellos que por falta de semejante precaución comienzan un hogar y caen en la más espantosa pobreza, viéndose obligados ellos mismos a privarse de su propia comida para alimentar a sus hijos.

1.15.22 Por las observaciones del señor Halley, de Breslau [NOTA DEL TRADUCTOR: esta ciudad pertenece en la actualidad a Polonia, Breslau en alemán Bratislav en checo y Broclaw, en polaco] en Silesia, se encontró que entre todas las mujeres capaces de procrear y comprendidas entre las edades de dieciséis y cuarenta y cinco años, no hay una, entre seis, [NOTA DEL TRADUCTOR: alrededor de un 15%] que dé a luz efectivamente un hijo cada año, cuando, según el señor Halley debería haber cuatro o seis que cada año tuviesen descendencia, sin contar las estériles o las que abortan. La razón por la cual cuatro mujeres de cada seis no tienen hijos cada año, es que no pueden casarse a causa de los desalientos y las dificultades que encuentran en su camino. Una joven tiene cuidado de no convertirse en madre, si no está casada; no puede casarse si no encuentra un hombre que quiera correr el riesgo. La mayor parte de los habitantes en un Estado son asalariados o empresarios; la mayor parte son dependientes, viven en la incertidumbre de si encontrarán trabajo o un emprendimiento rentable, el medio de mantener su hogar, en el modo que se imaginan. Por lo tanto no todos se casan, o se casan tan tarde, que de seis mujeres, o de cuatro, por lo menos, que deberían parir un hijo cada año, sólo hay una de cada seis que se convierta en madre.

1.15.23 Si los propietarios de las tierras ayudan a sostener las familias, una sola generación es suficiente para aumentar la población tan lejos como el producto de la tierra pueda suministar los medios de subsistencia necesarios. Los niños no requieren tantos productos como un adulto. Unos y otros pueden vivir, más o menos, del producto de la tierra, según lo que consuman. Las gentes del Norte, donde la tierra produce poco, se sabe que viven con tan poco producto, que han enviado colonos y enjambres humanos para invadir las tierras del Sur, destruyendo a sus habitantes para apropiarse de sus tierras. Según las diferentes maneras de vivir, cuatrocientos mil habitantes podrían subsistir con el mismo producto de la tierra que regularmente sólo sustenta a cien mil. Un hombre que vive del producto de un acre y medio de tierra será quizá más fuerte y grueso que el que gasta el producto de cinco a diez acres. por lo tanto parece bastante claro que el número de habitantes de un Estado dependa de los medios a ellos asignados para su sustento; y como los medios de subsistencia dependen del método de cultivar la tierra, y el uso de ésta depende, a su vez, de la voluntad, del gusto y del género de vida de los propietarios de la misma, es evidente que de ellos depende la multiplicación o decrecimiento de la población de los países.

1.15.24 El incremento de la población, o incremento de la población, puede ser llevado más tarde sobre todo en los países cuyos habitantes se contentan con vivir más pobremente y gastar el mínimo del producto de la tierra; pero en los países en que todos los campesinos y labriadores tienen por costumbre comer a menudo carne, o beber vino o cerveza, no es posible que se dé sustento a tantos habitantes.

1.15.25 El caballero William Petty y, después de él, el señor Davenant, Inspectores de Aduanas en Inglaterra, parecen alejarse de la naturaleza, cuando tratan de estimar la propagación de la raza, por generaciones progresivas desde Adán, el primer padre. Sus cálculos parecen puramente imaginarios, y trazados al azar. Sobre la base de lo que han visto de la tasa de natalidad efectiva en ciertas regiones, ¿cómo podrían explicar el descenso de la población de los países populosos, que antes se veían en Asia, en Egipto e incluso en los pueblos de Europa? Si hace diecisiete siglos había veintiséis millones de habitantes en Italia, ahora reducidos a seis millones, ¿cómo podría determinarse, por las progresiones del señor King, que Inglaterra, que hoy dispone de cinco a seis millones de habitantes, tendrá probablemente trece millones dentro de un cierto número de años? Vemos a diario que los ingleses, en general, consumen más cantidad de productos de la tierra que sus padres, y ésta es la razón verdadera por la que hoy hay menos habitantes que en el pasado.

1.15.26 Los hombres se multiplican como los ratones en un granero, si cuentan con medios ilimitados para subsistir. Los ingleses en las colonias se harán más numerosos, en proporción, dentro de tres generaciones, que en Inglaterra en treinta, porque en las colonias encuentran para el cultivo nuevas extensiones de tierras apropiadas para el cultivo de donde expulsan a los salvajes.

1.15.27 En todos los países y en todos las eras, los hombres han reñido guerras por las tierras, y por los medios de subsistencia. Cuando las guerras han aniquilado o disminuido a los habitantes de un país, los salvajes, y las naciones civilizadas pronto las repueblan en los días de paz; sobre todo cuando el príncipe o los propietarios de las tierras procuran el necesario estímulo.

1.15.28 Un Estado que ha conquistado diversas provincias puede lograr, por los tributos que impone a los pueblos por él vencidos, un aumento de subsistencia para sus habitantes. Los romanos sacaban gran parte de la suya de Egipto, de Sicilia y de Africa, y es esto lo que hacía Italia tuviera entonces una población tan numerosa.

1.15.29 Un Estado donde se hay minas y talleres para confeccionar artículos que no exigen gran cantidad del producto de la tierra, para su envío a países extranjeros, y que retira, en intercambio comercial, muchos artículos alimenticios y otros productos de la tierra, ve incrementarse el fondo disponible para la subsistencia de sus súbditos.

1.15.30 Los holandeses cambian su trabajo mediante la navegación, bien sea la pesca o las manufacturas, con los extranjeros, generalmente, por el producto de las tierras. De otro modo Holanda no podría sostener, a base de sus propias posibilidades, la mitad de su población. Inglaterra obtiene del extranjero cantidades considerables de madera, cáñamo y otras materias o productos de la tierra, y consume gran cantidad de vino que paga con productos de las minas, manufacturas, etc. Esto les ahorra una gran cantidad de productos de la tierra. Sin esta ventaja, los habitantes de Inglaterra, teniendo en cuenta el gasto que se hace para sustentarlos, no podrían ser tan numerosos como lo son los efectos. Las minas de carbón ahorran muchos millones de acres de tierra que de otro modo se necesitarían para la producción de madera.

1.15.31 Pero todas estas ventajas son refinamientos y casos accidentales a los cuales solo menciono aquí incidentalmente. La manera natural y constante de aumentar el número de habitantes de un estado es encontrarles empleo en él y hacer que las tierras produzcan lo necesario para sostenerlos.

1.15.32 Es también un problema al margen de mi investigación saber si vale más tener una gran cantidad de habitantes pobres y mal proveídos que un número más pequeño pero mejor atendidos. Un millón de habitantes que consumen el producto de seis acres por cabeza, o cuatro millones que viven del de un acre y medio.

CAPÍTULO XVI

Texto El Ensayo I - XIV

PARTE I
Capítulo XIV
Las fantasías, las modas y los modos de vida del príncipe, y en especial de los terratenientes determinan el uso en que la tierra es puesta en el estado, y causan, en el mercado, las variaciones de los precios de todas las cosas.
1.14.1 Si el propietario de un latifundio (el cual quiero considerar ahora como si no hubiera ningún otro en el mundo) lo cultiva por sí mismo, lo hará a su modo en cuanto a la utilización de las tierras: 1º Destinará necesariamente un parte al mantenimiento de todos los agricultores, artesanos y mayordomos que trabajan para él; otra parte se aplicará a alimentar los bueyes, carneros y otros animales necesarios para su vestido y alimento, o para otras comodidades, según sus gustos; 2º dedicará una porción de sus tierras a parques, jardines y árboles frutales, o a viñedos, según su inclinación, y a praderas para procurar pasto a los caballos, de los cuales se sirva para su recreo, etc.
1.14.2 Supongamos ahora que para evitar tantos cuidados y preocupaciones, haga un cálculo con los capataces de su labriegos; que les dé granjas o parcelas de su tierra; que les deja el cuidado de atender ordinariamente a todos estos agricultores sobre los cuales actúa como capataz, de tal modo que, convertidos así los capataces en granjeros o empresarios, ceden a los labradores, por el trabajo de la tierra o granja, otro tercio del producto, tanto para su sustento como para su vestido y otras comodidades, análogas a las que tenían cuando el propietario administraba su trabajo. Supongamos, además, que el propietario haga un pacto con los capataces de los artesanos, respecto a la cantidad de alimento y de otras cosas que antes les daba; que los convierta en maestros artesanos; que establezca una medida común, como la plata, para fijar el precio al cual los granjeros les venderán lana y el precio al que ellos venderán paños a los agricultores, y que los precios estén regulados del tal modo que los maestros artesanos tengan las mismas ventajas y goces que tenían, poco más o menos, cuando eran capataces; y que los oficiales artesanos cuentan también con un sustento semejante al de pasada época. El trabajo de los oficiales artesanos se regulará por jornal o a destajo; las mercancías por ellos confeccionadas, ya sean sombreros, medias, zapatos, trajes etc., serán vendidas al propietario, a los colonos, a los agricultores y a los otros artesanos, respectivamente, a un precio susceptible de procurar a todos las mismas ventajas de que gozaban; y los colonos venderán a un precio proporcional, sus productos y materias primas.
1.14.3 Ocurrirá entonces que los capataces, transformados en empresarios, se convertirán también en dueños absolutos de quienes trabajan bajo su dirección, y tendrán, más cuidado y satisfacción trabajando por su cuenta. Suponemos, pues, que tras este cambio todos los habitantes de esa vasta hacienda de nuestro ejemplo subsisten lo mismo que antes y como consecuencia digo que se emplearán todas las parcelas y granjas de esta gran propiedad para los mismos fines y usos a que se destinaban.
1.14.4 En efecto, si algunos de los colonos siembran más cereales que de ordinario, criarán un número más reducido de ovejas, y tendrán menos lana y menos carne de cordero para vender. Por lo tanto, habrá demasiado grano y poca lana para el consumo de los habitantes. La lana se encarecerá, obligando a los habitantes a llevar sus trajes durante más tiempo del acostumbrado, y habrá un gran mercado de granos y un excedente para el siguiente año. Y como suponemos que el propietario ha estipulado en plata el pago del tercio de los productos del campo, los colonos con exceso de granos y escasez de lana no estarán en condiciones de pagarle sus rentas. Si el terrateniente les libera del de su deuda, al año siguiente tendrán buen cuidado de producir menos granos y más lana; porque los colonos se esfuerzan siempre por emplear sus tierras produciendo aquellos artículos que a su juicio obtendrán un precio más alto en el mercado. Asi, si en el año siguiente dispusieran de lana en exceso y hubiera escasez de granos para el consumo, no dejarán de cambiar de año en año el uso de la tierra, hasta llegar a la proporción aproximada en que su producción se equipare bastate bien al consumo de los habitantes. Así, un granjero que haya logrado adaptarse, poco más o menos, a las exigencias del consumo, destinará una porción de sus tierras o praderas, para disponer de heno; otra a cereales, a lana, y así sucesivamente; y no cambiará de método a menos que no advierta alguna variación considerable en el consumo; pero en el ejemplo presente hemos supuesto que todos los habitantes viven casi del mismo modo que vivían cuando el propietario mismo administraba sus tierras, y, por consiguiente, los colonos emplearán la tierra para los mismos usos que antes.
1.14.5 El propietario, que tiene a su disposición un tercio del producto de la tierra, es el agente principal en los cambios que podrían ocurrir en la demanda. Los labradores y artesanos viven al día, y no cambian su modo de vivir sino por necesidad. Si algunos colonos, maestros artesanos u otros empresarios acomodados varían en sus gastos y consumo, toman siempre por modelo a los señores y propietarios de las tierras. Los imitan en su vestido, en su cocina y en su modo de vivir. Si a los colonos les place vestir buena ropa blanca, sedas o encajes, el consumo de estas mercaderías será mayor que el de los propietarios mismos.
1.14.6 Si un señor o un propietario, que ha dado todas sus tierras a colonos, tiene el capricho de cambiar su régimen de vida; si, por ejemplo, disminuye el número de sus sirvientes y aumenta el de sus caballos, sus criados no sólo se verán obligados a abandonar la hacienda de este señor, sino que también habrán de hacerlo un número proporcional de artesanos y labradores antes ocupados en procurarles su sustento: la porción de tierra que se empleaba en mantenerlos será utilizada en mayor escala como praderas para los caballos, y si todos los propietarios de un Estado procediesen del mismo modo, pronto se multiplicaría el número de caballos y disminuiría el de los habitantes.
1.14.7 Cuando un propietario ha despedido un gran número de sirvientes y aumentado el número de sus caballos, habrá demasiado grano para el consumo de los habitantes, y, por consiguiente el este se venderá a un precio menor; en cambio, el heno se encarecerá. Esto hará que los colonos aumenten la extensión de sus praderas y disminuyen las cantidad de cereales, para guardar proporción con el consumo. Es así como los caprichos o fantasías de los propietarios determinan el empleo que se da a las tierras, y ocasionan las variaciones del consumo que son causa de las de los precios en el mercado. Si todos los terratenientes, en un Estado, administraran por sí mismo las tierras, las emplearían en producir lo que les agradara; y como las variaciones del consumo están principalmente motivadas por su régimen de vida, los precios que ofrecen en el mercado deciden a los colonos a todas las variaciones introducidas en el empleo y uso de las tierras.
1.14.8 Paso por alto en esta oportunidad las variaciones de los precios del mercado que pueden resultar de las buenas o malas cosechas, y el consumo extraordinario ocasionado por ejércitos extranjeros o por otras circunstancias; procedo así para complicar el asunto, considerando sólo un Estado en su situación natural y uniforme.

CAPÍTULO XV

Texto El Ensayo I - XIII

PARTE I

Capítulo XIII

La circulación y el trueque de bienes y mercaderías, lo mismo que su producción, se realiza en Europa por empresarios a riesgo suyo

1.13.1 El colono es un empresario que promete pagar al propietario, por su granja o su tierra, una suma fija de dinero (ordinariamente se la supone equivalente, en valor, al tercio del producto de la tierra) sin tener la certeza del beneficio que obtendrá de esta empresa. Emplea parte de la tierra en criar ganados, en producir cereales, vino, heno, etc., a su buen juicio, sin posibilidad de prever cuál de estos artículos le permitirá obtener el mejor precio. El precio de estos productos dependerá, en parte, del tiempo, y en parte, del consumo; si hay abundancia de trigo en relación con el consumo, el precio se envilecerá; si hay escasez el precio será más caro.

1.13.2 ¿Quién sería capaz de prever el número de nacimientos y muertes entre los habitantes del Estado, en el curso del año? ¿Quién podría prever el aumento o la disminución del gasto que puede acaecer en las familias? Sin embargo, el precio de los artículos producidos por el colono depende naturalmente de estos acontecimientos imprevisibles para él, lo cual significa que conduce las empresas de su granja con incertidumbre.

1.13.3 La ciudad consume más de la mitad de los artículos alimenticios producidos por el colono. Este los lleva al mercado de la ciudad, o los vende en el del burgo más cercano, o bien otras personas se convierten en empresarios para realizar este transporte. Estos últimos se obligan a pagar al colono, por sus productos, un precio fijo, que es el del mercado del día, para obtener en la ciudad un precio incierto, pero suficiente para sufragar, además, los gastos del transporte, que todavía les deje, como remanente, un beneficio. Ahora bien, la variación diaria de los precios de los productos en la ciudad, aun sin ser considerable, hace incierto su beneficio.

1.13.4 El empresario o comerciante que acarrea los productos del campo a la ciudad no puede permanecer en ella para venderlos al menudeo, esperando que sean solicitados para el consumo: ninguna de las familias de la ciudad soportará por sí misma la compra inmediata de los productos necesarios para una temporada, ya que cada familia puede aumentar o disminuir su cifra, y el volumen de consumo, o, por lo menos, escoger a su gusto el tipo de mercaderías a consumir. En las familias apenas si se hace provisión copiosa de otro artículo que del vino. Sea como fuere, la mayoría de los ciudadanos viven al día, y, sin embargo, son los que representan la mayor parte del consumo, pero no pueden hacer provisión alguna de productos del campo.

1.13.5 Por esta razón muchas gentes en la ciudad se convierten en comerciantes o empresarios, comprando los productos del campo a quienes los traen a ella, o bien trayéndolos por su cuenta: pagan así, por ellos un precio cierto, según el del lugar donde los compran, revendiéndolos al por mayor, o al menudeo, a un precio incierto.

1.13.6 Estos empresarios son los comerciantes, al por mayor, de lana y cereales, los panaderos, carniceros, artesanos y mercaderes de toda especie que compran artículos alimenticios y materias primas del campo, para elaborarlos y revenderlos gradualmente, a medida que los habitantes los necesitan.

1.13.7 Estos empresarios no pueden saber jamás cuál será el volumen del consumo en su ciudad, ni cuánto tiempo seguirán comprándoles sus clientes, ya que los competidores tratarán, por todos los medios, de arrebatarles la clientela: todo esto es causa de tanta incertidumbre entre los empresarios, que cada día algunos de ellos caen en bancarrota.

1.13.8 El artesano que ha comprado la lana del comerciante, o directamente del productor, no puede saber qué beneficio obtendrá al vender sus paños y telas de sastre. Si este último no cuenta con una venta razonable, no acumulará paños y telas del artesano, y menos todavía si ciertos tejidos pasan de moda.

1.13.9 El lencero es un empresario que compra telas al fabricante, a un determinado precio, para revenderlas a un precio incierto, porque él no pude prever la cuantía del consumo; ciertamente es libre de fijar un precio y obstinarse en él, negándose a vender a precio más bajo; pero si sus clientes lo abandonan para comprar más barato a otro lencero, incurrirá en gastos cada vez mayores, mientras espera vender al precio que se ha propuesto, y esto lo arruinará tanto o más que si vendiera sin ganancia.

1.13.10 Los tenderos y detallistas de todas especie son empresarios que compran a un precio cierto y revenden en sus tiendas o en las plazas públicas a un precio incierto. Lo que estimula y mantiene activo este género de empresarios en un Estado, es que los consumidores, clientes suyos, prefieren pagar un precio algo mayor, para tener a su alcance, a medida que las necesitan, pequeñas cantidades, en lugar de hacer provisiones, a lo cual se agrega que la mayor parte carecen de medios para hacer provisiones, comprando directamente al productor.

1.13.11 Todos estos empresarios se convierten en consumidores y clientes unos de otros, recíprocamente; el lencero, del vinatero; éste, del lencero. En un Estado va siendo su número proporcionado a su clientela, o al consumo que ésta hace. Si existen sombreros en exceso en una ciudad o en una calle, para el número de personas que en ella compran sombreros, algunos de los menos acreditados ante la clientela caerán en bancarrota; si el número es escaso, otros sombreros considerarán ventajosa la empresa de abrir una tienda, y así como los empresarios de todo género se ajustan y proporcionan automáticamente a los riesgos, en un Estado.

1.13.12 Todos los otros empresarios, como los que benefician las minas, o los de espectáculos, edificaciones, etc. —lo mismo que los empresarios de su propio trabajo que no necesitan fondos para establecerse, como los buhoneros, calderos, zurcidores, deshollinadores, aguadores, etc. —, subsisten con incertidumbre, y su número se proporciona al de clientela. Los maestros artesanos, zapateros, sastres, ebanistas, peluqueros, etc., que emplean oficiales en proporción a los encargos que reciben, viven en la misma incertidumbre, porque sus clientes pueden abandonarles de un día a otro: los empresarios de su propio trabajo en las artes y en las ciencias, pintores, médicos, abogados, etc. subsisten con la misma incertidumbre. Si un procurador o abogado gana cinco mil libras esterlinas al año, sirviendo a sus clientes o en el ejercicio de su práctica profesional, y otro no gana más que quinientas, se pueden también considerar inciertos los ingresos que reciben de quienes los emplean.

1.13.13 Acaso podría afirmarse que los empresarios tratan de lucrarse cuanto pueden, en su profesión, y aun engañar a sus clientes, pero esta cuestión queda fuera de mi tema.

1.13.14 Por todos estas inducciones y por otras muchas que podrían hacerse acerca de un tema cuyo objeto son todos los habitantes de un Estado, cabe afirmar que si exceptúan el príncipe y los terratenientes, todos los habitantes de un Estado son dependientes; que pueden éstos, dividirse en dos clases: empresarios y gente asalariada; que los empresarios viven, por decirlo así, de ingresos inciertos, y todos los demás cuentan con ingresos ciertos durante el tiempo que de ellos gozan, aunque sus funciones y su rango sean muy desiguales. El general que tiene una paga, el cortesano que cuenta con una pensión y el criado que dispone de un salario, todos ellos quedan incluidos en este último grupo. Todos los demás son empresarios, y ya se establezcan con un capital para desenvolver su empresa, o bien sean empresarios de su propio trabajo, sin fondos de ninguna clase, pueden ser considerados como viviendo de un modo incierto; los mendigos mismos y los ladrones son “empresarios” de esta naturaleza. En resumen, todos los habitantes de un Estado derivan su sustento y sus ventajas del fondo de los propietarios de tierras, y son dependientes.

1.13.15 Es cierto, sin embargo, que si algún habitante percibe altos emolumentos, o un empresario poderoso ha ahorrado capital o riqueza, es decir, si tiene almacenes de trigo, lana, cobre, oro y plata, o de alguna otra mercadería o artículo de uso o consumo constante en un Estado, y posee un valor intrínseco real, podrá considerársele, con razón, como independiente, por la cuantía de ese caudal. Podrá disponer de él para adquirir una hipoteca, para obtener una renta de la tierra, o de fondos públicos garantizados con tierra: podrá, incluso, vivir mucho mejor que los propietarios de pequeñas parcelas, y aun adquirir la propiedad de algunas de ellas.

1.13.16 Pero los productos y mercaderías, incluso el oro y la plata, se hallan mucho más sujetos a accidentes y pérdidas que la propiedad de las tierras; y de cualquier manera que hayan sido ganados o ahorrados, siempre salen del fondo de los propietarios actuales, sea por ganancias, o ahorrando parte de los emolumentos destinados a su subsistencia.

1.13.17 El número de los poseedores de dinero en un gran Estado es, a menudo, bastante considerable; y aunque el valor de todo el dinero que en el Estado circula apenas excede en la actualidad de la novena o la décima parte del valor del producto que se saca de la tierra, sin embargo, como los poseedores de dinero prestan sumas de las cuales obtienen interés, sea hipotecando las tierras, o por los mismos productos y mercaderías del Estado, las sumas que se les deben exceden, con frecuencia, las disponibilidades monetarias del Estado, y a menudo se convierten en un estamento tan importante que en ciertos casos rivalizarían con los propietarios de tierra, si éstos no fueran con frecuencia, a la vez, propietarios de dinero, y si los poseedores de grandes caudales no tratasen siempre, también, de convertirse en propietarios de tierras.

1.13.18 No obstante, siempre podría afirmarse con verdad que todas las sumas ganadas o ahorradas por ellos salieron del fondo de los actuales propietarios: pero como muchos de éstos se arruinan diariamente en un Estado, y otros, al adquirir al propiedad de sus tierras, los reemplazan, la independencia otorgada por la propiedad de la tierras sólo beneficia a quienes conservan la posesión de ellas; y como todas las tierras tienen siempre un dueño o propietario actual, infiero que es siempre del fondo de éstos de donde todos los habitantes del Estado derivan su sustento y riqueza. Si estos propietarios se limitaran a vivir de sus rentas, no había duda alguna en nuestro aserto, y en este caso sería mucho más difícil, a los demás habitantes, enriquecerse a su costa.

1.13.19 Estableceré, pues, el principio de que los propietarios de tierras son los únicos individuos naturalmente independientes en un Estado; que todas las clases restantes son dependientes, ya sean empresarios o asalariados, y que todo el trueque y la circulación del Estado se realiza por mediación de estos empresarios.

CAPÍTULO XIV

Texto El Ensayo I - XII

PARTE I

Capítulo XII

Todas las clases e individuos de un Estado subsisten o se enriquecen a costa de los propietarios de tierras

1.12.1 Sólo el príncipe y los terratenientes viven con independencia; todas las demás clases y todos los habitantes están contratados o son empresarios. Las pruebas y los detalles serán deserrollados en el próximo capítulo.

1.12.2 Si el príncipe y los terratenientes cercan sus haciendas, y no se esfuerzan porque sean cultivadas, es evidente que no habría alimento ni ropa para ninguno de los habitantes del Estado: por lo tanto todos los habitantes del Estado no sólo subsisten a base del producto de la tierra que se trabaja por los beneficios de los terratenientes, sino también a expensas de los mismos propietarios de cuyas propiedades se deriva todo lo que ellos tienen.

1.12.3 Los colonos retienen ordinariamente los dos tercios del producto de la tierra, uno para los gastos y sustento de sus asistentes, y otro para el beneficio de su emprendimiento: de estos dos tercios el granjero proporciona, directa o indirectamente, subsistencia a todos los viven en el campo, e incluso a muchos artesanos o empresarios de la ciudad, que les suministran las mercancías de la ciudad que en el campo consumen.

1.12.4 El propietario obtiene generalmente el tercio del producto de su tierra, y de ese tercio mantiene a todos los artesanos y otras personas a las que da empleo en la ciudad, asi como también a los carreteros que llevan los productos del campo de las ciudades.

1.12.5 Generalmente se calcula que la mitad de los habitantes de un Estado subsiste y hacen su morada en las ciudades, y la otra mitad en el campo; en base a estos supuestos, el colono que posee los dos tercios o los cuatro sextos del producto de la tierra, cede directa o indirectamente un sexto a los habitantes de la ciudad, a cambio de las mercancías que de ellos recibe; sumado esto al tercio o a los dos sextos que el propietario gasta en la ciudad, resultan los tres sextos una mitad del producto de la tierra. Este cálculo no lo hacemos sino para dar una idea general de la proporción; pero, en el fondo, si la mitad de los habitantes permanece en la ciudad, gastará más de la mitad del producto de la tierra, puesto que los de la ciudad viven mejor que los del campo y gastan más productos de la tierra, ya que todos son artesanos o dependientes de los propietarios, y por consiguiente están mejor mantenidos que los ayudantes y dependientes de los granjeros.

1.12.6 Pero sea este asunto como sea, si examinamos los medios de subsistencia de un habitante, encontramos siempre, al remontarnos hasta la fuente, que estos medios crecen de la tierra del terrateniente, bien de los dos tercios del del colono, bien sea del tercio que resta al terratenientes.

1.12.7 Si un terrateniente no tuviese más cantidad de tierra que la encomendada a un solo colono, éste último obtendría de ella una subsistencia mejor que el primero; pero los señores y los grandes terratenientes que poseen grandes latifundios y viven en las ciudades, tienen, a veces, varios centenares de colonos, y en cada Estado los colonos son un reducido número, en relación con el total de los habitantes.

1.12.8 Evidentemente, en las grandes ciudades existen a menudo empresarios y artesanos que viven del comercio exterior, y, por consiguiente, a expensas de los terratenientes extranjeros: pero hasta ahora me limito a considerar un solo Estado, en relación a su producto y a su industria, para no complicar mi argumento con circunstancias accidentales.

1.12.9 La tierra pertenece a los propietarios, pero sería inútil para ellos si no se trabajase. Cuanto más trabajo se ponga en ella, en igualdad de circunstancias, más producirá; y cuanto más se trabajan estos productos, en igualdad de circunstancias, mayor valor tendrán como mercancías. Todo esto hace que los terratenientes tengan necesidad de otros habitantes, como éstos la tienen de aquellos; pero en esta economía son los terratenientes, quienes tienen la disposición y la dirección de sus tierras, quienes han de dar el giro más ventajoso y poner en movimiento al conjunto. Así, todo en un Estado depende de la fantasía, los métodos y maneras de vivir de los propietarios de las tierras, como trataré de esclarecer más adelante en este Ensayo.

1.12.10 Es la necesidad y la urgencia lo que permite subsistir en el estado a los granjeros y artesanos de toda especie, a los comerciantes, oficiales, soldados, y marinos, criados y todos los demás elementos que trabajan o son empleados en el Estado. Toda esta clase de trabajadores no sólo sirven al príncipe y a los propietarios, sino también a sí mismos; así que hay muchos que no trabajan directamente para los propietarios de las tierras, y así pasa inadvertido que subsisten de sus fondos, y viven en expensas suyas. En cuanto a los que ejercen profesiones que no son necesarias, como los bailarines, comediantes, pintores, músicos, etc., sólo se les mantiene en el Estado para diversión u ornato, y su número es siempre muy reducido, en comparación con el resto de los habitantes.



CAPÍTULO XIII